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sábado, 3 de febrero de 2018

Mi cuarto de siglo en el Café Gijón de Madrid


Hay lugares que el turismo no corrompe. Hay lugares en los que queda intacta la historia, cuentan la historia de un lugar y la historia propia de la persona que lo visita. Este es mi caso, estoy en el café Gijón de Madrid, centro de referencia de artistas, escritores y movimientos generacionales únicos, como la generación del 27.

El café Gijón no es grande. Es un espacio que sigue manteniendo aquel olor y aquellos colores de principios del siglo XX. La gente de Madrid sigue viniendo aquí tanto a tomar café por las tardes, desayunar churros o porras con chocolate, como comerse un fantástico menú de mediodía que vale 12,50€, y que espero no descubran los turistas. 

Parece que fue ayer que tenía 20 años y cogía que el avión de Iberia a las 7:00 de la mañana, porque era el más barato venir a Madrid, a ver a mi amiga Susana y a disfrutar de aquel mundo del cine, de teatros y de cafeterías que tanto me gustaba.

Me han dado una mesa que tiene una ubicación bastante extraña, estoy situada en la entrada a mano derecha viendo de frente a toda la gente que come. Me recuerda la película de "La Colmena" y el café en el que se reúne toda la historia del film.. En el café Gijón hay gente de todo tipo: gente mayor, amigas que conversan, gente que aprovecha la pausa del trabajo, algún turista ojeando mapas, etc. Pero la mayoría de ellos son de aquí. Eso es lo que diferencia el café Gijón de muchos otros lugares en otras ciudades en los que la fama turística del lugar ha hecho que ya sea prácticamente inconcebible para un/a vecino/a ir o visitar.

Miro a mi alrededor en esta panorámica 180° que tengo y veo aquellos cuadros antiguos que dejaron pintores de varias generaciones que venían aquí hacer sus tertulias por las tardes y por las noches, las lámparas tradicionales que hacen el espacio muy acogedor, veo las cuatro columnas que sortean los camareros uniformados y que le dan un estilo neoclásico al espacio, y lo que más me sorprende es el reloj de pared que tantas horas habrá dado en este siglo de vida que tiene el Gijón y que un cuarto de ese siglo me ha pertenecido a mí.


martes, 15 de agosto de 2017

Laguardia: entre murallas y viñedos


Hay pueblos españoles que merecen siempre un desvío de la autopista, aunque sea para tomar un café y dar un breve pero intenso paseo cultural por su casco medieval. Y uno de esos pueblos es Laguardia, en Álava, una villa que esconde castillos, tesoros y leyendas de nobles y reinas.



Desde el Castillo El Collado en el que nos alejamos, descubrimos un torreón que nos ofrece unas vistas espectaculares a los viñedos, bodegas y lagunas que rodean la villa y que son un manto de un verde intenso en esta época del año pues la vid está a punto de recolección. Me imagino cómo será en unas semanas con el ajetreo y la emoción de la recolección y que, probablemente, sea la principal actividad de la villa una vez el turismo de verano decaiga. El torreón en sí es un pequeño museo-homenaje al vino con muestras de botellas de diferentes zonas vitícolas europeas. 



De paseo entre murallas, es primera hora de la mañana y la villa empieza a despertar con sus bares y algunas tiendas repletas de vinos, pan de vino, queso, longanizas y tantos delicatessen propios que, como siempre, son el mejor souvenir. En la tienda donde compramos un par de vinos de la bodega Medrano Irazu conocemos a una pareja del pueblo que traen un precioso border collie de un mes que se encargará de vigilar sus animales y viñas cercanas al pueblo. Por falta de tiempo no podemos ver el famoso reloj. algunas iglesias y la cueva subterránea pero como nuestro hotel es dogfriendly, podremos volver a pasar un fin de semana cultural y perruno!


Y como bienvenida y despedida, la muralla de la ciudad recuerda a todos una máxima que debería aplicarse a todas la ciudades turísticas:

"Paz a los que llegan,
Salud a los que habitan,
Felicidad a los que marchan"





martes, 8 de agosto de 2017

Mis postales antiguas del Cabo de Peñas

Hace años iba con mi familia a Asturias, a un lugar de esos que tienen una vista al Cantábrico de postal, con el Cabo de Peñas de fondo y un manto verde que te abraza, y que de adolescente no valoras. Hoy, pasados 20 años, es una de las imágenes que me dan tranquilidad y a la que recurro siempre que puedo, sin nostalgia, porque siempre estará allí con su faro, su bar que ofrece exquisitas patatas al Cabrales y sus vertiginosos acantilados.

Cruzar el túnel del Negrón entre León y Asturias es entrar en otra dimensión dejando atrás el sol y el buen tiempo y entrando en una zona de niebla espesa y casi londinense. La autovía de La Plata te lleva hasta las tres ciudades más importantes (Oviedo, Gijón y Avilés), y que forman un triángulo de unos 30 km de distancia entre ellas.

Antes de llegar a Avilés nos desviamos hacia el promontorio del Cabo de Peñas por la carretera interior, la de las aldeas de El Valle y Susacasa. El verde que nos rodea es espectacular con casas de colores y campos donde vacas mansas pastan. Vemos el faro a lo lejos y allí está, a la derecha, un banco estratégicamente colocado que recuerdo de mi adolescencia con vistas a los acantilados de Bañugues, Luanco y de Candás: otra imagen de postal.

Una vez aparcado el coche, hay que dejarse llevar por los caminos que rodean el faro, que algunos transforman en escalada, y por la perspectiva panorámica que ofrece. También vale la pena visitar el Centro de recepción de visitantes e interpretación del medio marino de Peñas.


Y cuando ya la vista esté bien nutrida, un buen descanso en bar-restaurante Cuatro Vientos, no privarse, como mínimo, de una buena sidra y de las citadas patatas al Cabrales, y crear una postal mental, sensorial y muchas digitales para el recuerdo.

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jueves, 18 de agosto de 2016

Antiguos senderos de la Vall d’Aran: Montgarri

Inicio con esta entrada una nueva categoría de senderismo con perros, nivel iniciación, ya que, tras ver varias películas de montañas y animales como Belle et Sebastian, y el alucinante documental del ascenso al Meru de Anker, Chin y Ozturk, he pensado que ya es hora de hacer algún viaje deportivo entre tanto desplazamiento aéreo. Y qué mejor lugar que la Vall d’Aran para comenzar el sendero.

Lo más espectacular de este recorrido no es el sendero sino el sentido que tuvo en su época. Desde el Pla de Beret salen dos caminos: uno asfaltado y otro por el que caminar.


Las guías ponen el sendero como circular, pero entonces o la ida o la vuelta la haces envuelto en el polvo que levantan los coches que pasan por la pista. Así que, lo mejor, y teniendo en cuenta que vamos con perro, es tomar el camino que va siguiendo el Noguera Pallaresa por nuestra derecha y calcular una hora y media para llegar al Santuario de Montgarri y otra hora y media para la vuelta por el mismo sendero lleno de riachuelos y pequeñas balsas de agua estupendas donde parar a escuchar el agua o tomar contacto con ella.

Tras 6 kilómetros de ida, al llegar a la cruz, se ve lo que queda de la abadía de Montgarri: la Iglesia, la Rectoria (hoy el refugio Amics de Montgarri), el cementerio, los corrales y algún otro edificio que debió ser el hostal de los atrevidos viajeros que se aventuraban a cruzar el puerto de montaña durante la época medieval. Pensar que la cripta del santuario es de 1117 estremece. En su interior, fotografías en blanco y negro de la Abadía y los pocos habitantes que llegaron a poblar Montgarri hasta 1960 que quedó desierta y, una pequeña joya epistolar: una carta de Mossèn Cinto Verdaguer sobre su paso por el Santuario en 1888 durante el Aplec que todos los años se celebra.

Hoy en día Montgarri es un lugar de descanso, buena gastronomía (con dos restaurantes de cocina Aranesa con terrazas que aceptan perros), que fomenta el contacto con la naturaleza, los paseos, los baños en el río y la vida saludable.


domingo, 13 de marzo de 2016

¿Visitar Formentera en invierno?

Una isla en invierno parece que no tenga ningún atractivo. Decir que vas a pasar un fin de semana a Formentera en febrero provoca reacciones del tipo – ¡pero si no habrá nadie! o ¡te pierdes las playas!, entre otros prejuicios y características del verano. Pues precisamente eso es lo que busca un viajero que visita una isla en invierno: playas limpias en las que poder ver la Posidonia oceánica y desiertas para pasear, fotografiar, admirar; gente de la zona comprando el pan, el diario o tomando una caña en Sant Francesc Xavier; los campesinos podando las viñas de la zona de la Mola; cruzarse con máximo cinco coches en la carretera que cruza la isla…. Hay tanta tranquilidad que encontrarse un bar abierto en Cala Saona y poder ver el sol ponerse en Ibiza fue algo que nunca olvidaremos.

Llegamos con el catamarán de Balearia, con la mar bien rizada, y alquilamos una moto para poder recorrer la isla cómodamente. Empezamos por Ses Illetes y sus playas, un poco de off-road para nuestra Scooter por caminos de piedra y arena, y rodeados de las salinas que hacen brillar los caminos flanqueados por muros de piedra y pinos mediterráneos con formas curiosas. Me recomiendan el Molí de la Sal que, evidentemente, está cerrado. Pero desde allí las vistas son fantásticas así que vale la pena llevarse una cervecita o un vino y organizar un picnic.
Atravesamos Es Pujols para ver la Torre de la Punta Prima, vigilante durante siglos ante diversas amenazas, y como necesitamos un café así nos vamos a Sant Francesc Xavier. Ante su imponente iglesia blanca, los niños juegan a fútbol y al escondite mientras los padres toman un aperitivo en el bar de la plaza o en el hotel Es Marès. No hay nada más abierto. Nuestro aperitivo llega sorprendentemente en Cala Saona, al descubrir un chiringuito abierto, ¡el único en toda la isla! Despedimos al sol y yo sigo empeñada en querer ir a Barbaria, necesito esa carretera, ver el faro que tengo en la memoria desde que ví la película “Lucia y el Sexo”. Aún hay luz y vamos hacia allí. La carretera, estrecha y frágil, destaca sobre el desierto que la rodea. Llegamos al Faro de noche, pero no importa. El espectáculo merece la pena...prefiero no dar más detalles y que vengáis a vivirlo. Cenamos en A mi manera, italian-style pero con vino de Formentera: Ophiusa, nº 0463 de 2013, primer nombre de la isla durante la época griega que significaba “isla de reptiles”.

Nuestro segundo día lo dedicamos a cruzar la isla, sus 18 kilómetros de longitud y destino al Faro de la Mola, habitado hasta hace poco. Subimos el único desnivel que tiene la isla hacia el Pilar de la Mola (192m), cruzando viñas, molinos, norias, aljibes e higueras ensanchadas.  Desde el puerto de Es Caló, con sus embarcaciones resguardadas bajo sus “escars” (varaderos), se ven los imponentes acantilados de la Mola, un lugar en el que quedarse a leer, dormir o, simplemente, hacer nada. Vamos a comer al restaurante Es Cap, en el que podemos probar algún plato típico como la ensala payesa con pescado seco en aceite, o un buen arroz caldoso.

No dudo que Formentera en verano tenga su encanto con sus mercadillos, chiringuitos y oferta turística, pero creo que en las otras estaciones del año la isla se deja querer de verdad.

sábado, 19 de diciembre de 2015

La Alquería de Jumilla: de la tierra a la mesa



Hay lugares que nos devuelven a nuestras raíces, a la tierra, y la Alquería de Jumilla en Murcia es uno de ellos. Las razones son muchas, como el paisaje, la arquitectura rural, el aislamiento o el famoso vino, la gastronomía, entre muchas otras. Pero lo que realmente te permite es algo impagable hoy en día: recoger lo que la tierra nos da y cocinarlo como antes de que llegara la tecnología.

Amanecemos con esa puesta de sol en tonos morados tan típica de la huerta murciana y Antón, que lleva toda la vida convirtiendo la tierra en manjares, nos trae manojos de acelgas y de oruga – hoy conocida por su nombre italiano, “rúcola” - recién cortados. Nos dará trabajo durante toda la mañana, de ése que ya poco ejercemos y que consiste en preparar el producto que vamos a comer. 

Con la oruga hacemos una tortilla para desayunar, muy aromática, y con el queso fresco de cabra que Carmen ha comprado al productor del pueblo, nos preparamos unas tostas con jamón al fuego del hogar, que caldea la casa desde primera hora de la mañana. Una parrilla improvisada, un buen vino y a disfrutar de ese tiempo que parece se ralentiza en los pueblos.

Se acerca la noche y ponemos en marcha ese horno de leña estilo árabe al que venía medio pueblo años atrás. Tras unas horas, sacamos una empanada de acelgas con huevo y dos panes amasados en casa. Más vino, lumbre de hogar y ganas de comer y conversar ante una noche en la que el tiempo vuelve a multiplicarse.

Al día siguiente nos acercamos al Horno de Santa Ana, el único de la Alquería, y en el que diariamente, desde hace tres generaciones, se cuecen sequillos, roscos de vino y de aguardiente, mantecados y cristóbalas de almendra y coco. Allí, Emi me explica que en Navidad viene gente de toda Murcia a comprar estas delicias. Y, tras probar varios de los roscos de la estantería, nos vamos tratando de memorizar ese olor a manos de abuela que amasa, con tiempo y cariño, esos productos de la tierra que nos devuelven a nuestras raíces.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Una mañana con los habitantes de la Ciudad Encantada de Cuenca



En las afueras de Cuenca hay un lugar mágico en el que convive todo un universo animado e inanimado. Un paisaje cinematográfico que ha enamorado a directores de cine, fotógrafos, escritores, miembros de la UNESCO y millones de seres que vienen a pasear por los restos del fondo de un mar de hace 90 millones de años.

De día predominan los humanos, en varias modalidades turísticas: familias castellanas, grupos de madrileños, abuelos del IMSERSO, extranjeros que recorren el patrimonio de la humanidad español y muchos más. Rompen el silencio los niños chinos, que suben y bajan rocas como si estuvieran en un parque temático. Esto me hace pensar en cómo las cosas sencillas son las que más se disfrutan en la infancia. Imaginar que las rocas son seres humanos, animales o personajes.
De noche, la naturaleza inanimada de las rocas se transforma en un bosque con mar, en el que comparten espacio tortugas, focas, barcos, osos, elefantes y cocodrilos, y un can que vigila en la orilla. Todo ello, rodeado de símbolos de la civilización como una plaza mayor, un convento y un puente romano. También habitan personajes de leyenda, como Viriato, un pastor lusitano que encabezó varias revueltas contra la invasión romana y que se escondió en esta ciudad rocosa, y la de los amantes de Teruel.
Durante un par de horas vale la pena pasear sin rumbo y dejar volar la imaginación como esos niños y niñas chinas que revolotean entre rocas y flores, llaman a los pájaros, imaginan que el elefante y el cocodrilo luchan, que los amantes se dan un beso, que la flota de barcos navega por el mar de piedra y que se deslizan por el mágico tobogán de los sueños.

martes, 17 de noviembre de 2015

¿A qué huele la Plaza Mayor de Madrid?

No es la primera vez que voy a la plaza Mayor de Madrid, pero sí la primera vez que me he movido por ella guiada por su olor. Y todo ha ocurrido al entrar por uno de sus arcos,  que no es el más conocido, el de la calle Botoneras. A las 10 de la mañana pensaba encontrarme con el famoso chocolate con churros o porras y me he encontrado con varios bares que preparaban bocadillos de calamares. En ese momento he pensado, “voy a seguir el rastro de los olores que me llevan a la plaza”, pues si bien ya no ejerce la función de mercado de arrabal que fue en el siglo XVI, las calles que la rodean mantienen su recuerdo y el Mercado de San Miguel ha asumido el liderazgo.
Frente a los calamares, una foto en blanco y negro. No huele pero activa mi curiosidad por su contenido y me acerco a mirarla. Ante mí, la Generación del 27, encabezada por Luis Cernuda, en su última reunión previa a la diáspora de la Guerra Civil, en el restaurante Los Galayos. En la foto hay sillas vacías y parece que Federico García Lorca, Rafael Alberti, Miguel Hernández, y los otros te estén esperando para tomar un vino y comer un “cochifrito”. Ahora sí, huelo el aroma a cocido madrileño que ya debe llevar varias horas hirviendo en el puchero de barro de las cocinas del centenario restaurante.

De repente, una breve entrada de aire seco de la sierra me recuerda que estoy en Madrid, que en la sombra hace frío y que huele a montaña. Así que cruzo el arco en busca de un poco de sol y de un buen desayuno. Entre las interminables obras y los madrugadores grupos turísticos busco otro olor que llevo en el recuerdo y que forma parte de esta plaza desde hace siglos: el barquillo y la oblea. Los barquilleros han estado aquí desde casi la construcción de la plaza, pues se trata de un producto dulce, fácil de elaborar y muy económico. Hay que tener suerte para ver uno, y yo no la tengo, pero sí que mi olfato me lleva hasta la Mantequería Bermejo, en la calle Zaragoza, donde me ofrecen Bartolillos y Mentiras de Madrid, crujientes y llenos de azúcar.

El número de turistas en dirección a la plaza comienza a multiplicarse y, por un momento, pienso que en las calles que llevan hacia ella están los verdaderos restos del mercado que fue y que su belleza sirvió para institucionalizar y alojar los gremios profesionales. De ahí que la Casa de la Panadería y la de la Carnicería gobiernen, frente a frente, la estructura de la plaza.

Así que vuelvo a acercarme a ella, para ver si consigue cautivarme, pero camino varios minutos bajo sus soportales y otro olor se me vuelve a llevar hacia un arco estrecho, oscuro y con bastante pendiente por donde baja la Escalerilla de piedra. Es el Arco de Cuchilleros y huele a historias de bandoleros y a las tapas que ahora se cocinan en las cuevas donde se escondían.

Vuelvo la vista atrás y veo de nuevo el sol que domina la plaza. Ahora sí, la empiezo a cruzar rodeando la estatua de Felipe III que no aporta nada, más allá del hecho histórico de haber sido uno de los primeros Austrias, y mis pasos vuelven a desembocar en otro callejón, que lleva el nombre del mencionado jinete, y cuyo olor me lleva a una señora que en la esquina vende palo de regaliz.

La plaza Mayor de Madrid no huele a nada, pero la vida que la rodea es un universo de sensaciones.

viernes, 11 de abril de 2014

Córdoba y Sevilla bajo el azahar


El olor a azahar invade estos días Córdoba y Sevilla y se cuela por sus calles blancas, la Judería y Santa Cruz, el zoco de artesanos y el barrio de Triana, por las bodegas Campos y las de vino de naranja, lugares por los que el aroma del naranjo en flor nos dirige. Salmorejo, Mazamorra, rabo de toro y albóndigas de atún en la ciudad de la Mezquita; Melva, carne mechá, gazpacho, pulgas de bacalao y tortitas de anís en la ciudad de la Giralda. Ambas comparten alcázares, catedrales que fueron mezquitas, torres, judería, ríos, puentes históricos y devoción de sus gentes a pasearlas, disfrutarlas, vivirlas.



sábado, 30 de noviembre de 2013

La Alquería



El paisaje entre el Cabo de Gata, de dónde venimos, y Jumilla, a dónde vamos, coincide en la árida tierra abrazada por montañas escarpadas. La vid, denominación de origen desde hace un lustro, introduce el carmín del fruto y un manto verde que cubre extensiones y convive con olivos.

Nos desviamos de la carretera nacional y llegamos a La Alquería, término árabe que indicaba una pequeña comunidad rural que se situaba cerca de una ciudad (medina), típico de las provincias de Granada, Valencia y Murcia, donde nos esperan Carmen, Emilia, Sabine y Martina. Tras un enorme portón, almendras a secar en la izquierda y una magnífica casa con estructura de venta que integra varias casas y una extensa zona de cultivo.  Mantiene su historia a través de objetos antiguos, puertas y ventanas de madera añeja y fotos que hablan de tradiciones y recuerdos. Carmen y Emilia están en los cientos de libros y cuadros que hay por doquier, y los visitantes de la casa en las improntas de dejan en platos que se cuelgan en el gran recibidor. Definir como acogedora esa casa, es poco.

Durante nuestra estancia probamos el gazpacho manchego, con pan ázimo y setas, el pisto jumillano con queso fresco, el queso de vino y el queso de romero, las maravillosas costillas con miel (se ponen las costillas de cerdo con sal, aceite y pimienta, y se unta miel encima, se decora con salvia, y se hornea a180 grados durante 1 hora, acompañado de papas al horno abiertas por la mitad con un ajito y cortadas por encima en forma de rombo) y, el último día, la paella de pescado de Pascual, cuya altura no sobrepasa el centímetro. Nos dice que para 6 personas no pone más de medio kilo de arroz. Pascual es un alquimista; destila plantas como el tomillo, romero y lavanda para hacer jabones y perfumes. Tiene una tienda de vinos y productos de la zona de los cuales te puede explicar todos sus detalles, historia, situación en el contexto de la crisis, como las almendras cuyo precio fija California y que se están vendiendo a 3€ el kilo este año. "El turrón será muy caro estas navidades" nos comenta.

Nos marchamos de La Alquería con reservas del huerto para al menos un mes y agradecidos a Carmen y Emilia por habernos mostrado este magnífico lugar en el mundo!!

domingo, 3 de noviembre de 2013

Paseo gastronómico y náutico por el Delta del Ebro


Empezamos nuestra ruta en el delta del río Ebro por la gastronomía de la zona. En Les Cases d'Alcanar, típica localidad pesquera, degustamos las "caixetes", que son como mejillones pero de sabor más intenso, dátiles de mar y un pulpo con patatas y alioli que decido probar tras la perfecta disección que David hace para convencerme. Llegan los "arrosos" del delta, un típico de Les Barques de Can Joan que de conoce como "arròs roig de gambes" y otro de alcachofa, calamarcitos y langostinos. Los dos, exquisitos, pero el "roig", superior. Con un flan de chocolate blanco ponemos el broche a una comida espléndida!


Nos adentramos en el delta, en dirección  a la salida de los barcos para dar un paseo por la zona de la isla de Buda y al mirador del final del río migjorn. Usando un català de la ribera, el capitán de barco nos va explicando las características y curiosidades del delta, las zonas privadas y la fauna que vemos: garzas, cormoranes, plagas de caracoles rojos, caballos de la Camarga francesa y patos. Nos aconseja no comer pescado fresco del delta por los residuos de mercurio de que aboca un fábrica de Flix y nos muestra como algunos usan los embarcaderos sin precaución.

Vivimos un atardecer que retendremos en nuestras memorias cerebrales, emocionales y telefónicas para siempre!

jueves, 29 de agosto de 2013

Museo de anclas de Salinas

El Museo de anclas de Philippe Costeau es un fantástico refugio al final de la playa de Salinas, sobre los acantilados que unen el pueblo con playa Arnao (base de operaciones de la Asturiana de Zinc).
Anclas, esculturas y un enorme busto de Costeau, que emerge de un acantilado afilado, produce paz y nostalgia en un paseo con vistas a la enorme playa con sus cazadores de olas y a las dunas opuestas.

lunes, 6 de febrero de 2012

24 horas en Sevilla

Ciudad de tapas y de iglesias, Sevilla merece un buen paseo-degustación de 24 horas por sus barrios emblemáticos de Triana, Santa Cruz y Arenal. Empezar con Santa Cruz, calles blancas, fachadas amarillas y azules, su pequeña Judería y sus plazas, y recorrerla tapita tras tapita es un todo un disfrute. Los montaditos de pringá, de carne mechada, de jamón con salmorejo, de melva acompañados de manzanilla, de cruzcampo, de vino de naranja. Los mejores en la Bodega Santa Cruz (Las Columnas), en Casa Vizcaíno y en la Bodega de la Alfalfa. Visitas a la Virgen de la Candelaria y a la Virgen de las Nieves, con sus mantos blancos y sus cofradías vigilando. La noche...callejear buscando flamenco en locales de ensayo.

La mañana siguiente, un buen desayuno de tostadas con aceite en el horno de San Buenaventura y de camino a Triana. El barrio del Arenal con colmados y ultramarinos antiguos, placetas blancas llenas de flores y la imponente Maestranza. Cruzar el Guadalquivir desde la Torre del Oro y de nuevo callejear con un buen pescaíto frito en cucuruchos de la freiduría Pureza hasta llegar a la puerta de Triana.


Y, por último, carro de caballos desde el Alcazar y por el parque de María Luisa, para descansar un poco. En veces anteriores, visitamos el Alcazar y la Catedral que ocupan toda una mañana pero que podrían estar perfectamente incluídas en las 24 horas.

lunes, 8 de agosto de 2011

Festa do pemento de Herbón (Padrón)

El sábado pasado, 6 de agosto, pudimos clausurar una bellísima semana galega en la Festa do pemento de Herbón. Llegamos sobre las 12.30, justo cuando las autoridades estaban nombrando damas y cabaleiros de la Orde do Pemento de Herbón a varios ilustres galegos. La fiesta se celebra en el jardin anexo al Covento de los padres Franciscanos de Herbón. A mano izquierda un escenario, en el centro la cabalgata agrícola (tractores y remolques decorados con pimientos) y a la derecha la zona gastronómica: se compran los platos de cerámica (3€), y los rellenan de pimientos y pan, en una muy generosa degustación. También se puede comer pobo a feira, hecho en caldeira y más platos típicos pero esto ya se paga en la zona de restauración.

Un apunte histórico del origen del pimiento de Padrón: (extraído de www.pementodeherbon.com)
El inicio del cultivo del pimiento en Galicia se asocia a las semillas traídas desde el estado  mexicano de Tabasco por los monjes Franciscanos al convento de Herbón, localidad perteneciente al municipio de Padrón, en el Siglo XVII

martes, 19 de abril de 2011

Los Templarios en Barcelona (I)


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Este último cumpleaños, Ruth, Vicky & maridos me regalaron una inmersión barcelonesa que tuvo dos partes: curso de fotografía por el barrio gótico y ruta de la Barcelona de los Templarios. Para que no olvidemos todo lo que Carlos Mesa, el periodista que nos guió, nos descubrió, aquí dejo algunos posts:
Desde la calle Hércules, llegamos a la Iglesia de St. Just i Pastor. En el dintel de su fachada nos recibe una “moreneta” que acoge en su brazo izquierdo al niño, y en la mano derecha el globo terráqueo que portaba la diosa Isis del antiguo Egipto. Isis fue una diosa de tez oscura que la orden del Cister y posteriormente del Temple traería desde Egipto en tiempos de las cruzadas. Aunque la iglesia date del S. XIV, muestra elementos visigodos como la tumba del último rey godo, Vitiza (año 913). El interior de la iglesia alberga tumbas que indican, mediante simbología, que allí yacen descendientes de Templarios (símbolo del cartabón y el compás). En cada tumba se puede ver mediante símbolos a qué gremio pertenecía quien la ocupa. La torre octogonal de la iglesia es otro indicio de que fue centro de culto de la orden de los Templarios y, posteriormente, de la Masonería.
St. Just i Pastor no solo está ubicada en el cruce de dos ríos, tal y como indica la fuente que está en el centro de la plaza, sino que además es una iglesia cuyo altar venera a una moreneta que sostiene un globo terráqueo negro.
Curiosidad: se tomaron planos de esta iglesia para situar la muerte de la monja en la Catedral de Grasse, en la película EL PERFUME.