domingo, 29 de diciembre de 2019

Puentes de madera que protegen a Lucerna


En pleno de corazón de Suiza, y entre lagos, bosques frondosos, túneles infinitos e imponentes picos nevados, está la ciudad medieval de Lucerna, una de las que mejor se conservan desde la época medieval quizá gracias a sus torres, murallas y dos puentes de madera que la siguen protegiendo vigilantes.

La forma más simbólica y antigua de acceder a Altstadt es por uno de los dos puentes, el más famoso, Kappellbrücke. Construido en el siglo XIV, superó siglos de guerras hasta que en el 1993 sufrió un incendio que hizo peligrar su estructura y perdió parte de sus casi 300 metros de longitud. Lo superó, aunque perdió parte de sus pinturas originales que, actualmente, son copias pues el resto están a salvo en el museo de historia de la ciudad. El recorrido en zig-zag que hace el puente y, visto con perspectiva aérea desde el Castillo de Gütsch, demuestra que el puente tuvo más función de muralla que de acceso entre una zona y otra del río. El segundo puente de madera, intacto desde el siglo XV, es el Spreuerbrücke, y desde él se puede ver la estructura de molinos de agua que hubo en la ciudad hasta bien entrado el siglo XX.

A primera hora decidimos subir al Castillo para ver las vistas y, de paso, perdernos un poco por el bosque que rodea la ciudad. El Gütsch es un hotel de lujo en un castillo de cuento que permite seguir el curso del río Reuss y su desembocadura en el lago de Lucerna. Sitúa la ciudad antigua frete a frente a los ojos del observador que ve, a la perfección, sus calles sinuosas, iglesias, numerosas torres de defensa y los restos de la muralla. Subir caminando es estupendo ya que se pasa por algunas casas fabulosas que combinan la madera y los colores, decoradas con mucho detalle alpino.

El centro histórico, Altstadt, es para perderse. Callejones llenos de chocolaterías o Konditorei (no olvidemos que estamos en Suiza), diminutas Bäckerei en las que comprar la trenza de brioche (como la Koch), por un lado, y dos grandes avenidas centrales en las que hay relojerías y joyerías, una tras otra. Nos habían recomendado acabar el recorrido con una buena dark beer en una de las cervecerías más antiguas de la ciudad, Rathaus Brauerei, y no pudimos resistirnos a la tentación de también de probar el “beermisú”….increíble combinación. Los edificios del centro, llenos de frescos en sus fachadas, hacen que Altstad sea un museo al aire libre.

Al ser Navidad, la ciudad está llena luces y figuras, un ice-ring con vistas al lago y un foodtruck market en el que probar una buena raclette y mezclarse con gente de la ciudad que van a tomar vino caliente mientras los turistas disfrutan de carísimas fondues en pleno centro. 

Basta con un día para verla, pero dos o tres mejor para vivirla, pasear por el lago escoltado por cisnes, navegar en barco de vapor, y disfrutar de la calma y belleza del paisaje alpino.