domingo, 13 de marzo de 2016

¿Visitar Formentera en invierno?

Una isla en invierno parece que no tenga ningún atractivo. Decir que vas a pasar un fin de semana a Formentera en febrero provoca reacciones del tipo – ¡pero si no habrá nadie! o ¡te pierdes las playas!, entre otros prejuicios y características del verano. Pues precisamente eso es lo que busca un viajero que visita una isla en invierno: playas limpias en las que poder ver la Posidonia oceánica y desiertas para pasear, fotografiar, admirar; gente de la zona comprando el pan, el diario o tomando una caña en Sant Francesc Xavier; los campesinos podando las viñas de la zona de la Mola; cruzarse con máximo cinco coches en la carretera que cruza la isla…. Hay tanta tranquilidad que encontrarse un bar abierto en Cala Saona y poder ver el sol ponerse en Ibiza fue algo que nunca olvidaremos.

Llegamos con el catamarán de Balearia, con la mar bien rizada, y alquilamos una moto para poder recorrer la isla cómodamente. Empezamos por Ses Illetes y sus playas, un poco de off-road para nuestra Scooter por caminos de piedra y arena, y rodeados de las salinas que hacen brillar los caminos flanqueados por muros de piedra y pinos mediterráneos con formas curiosas. Me recomiendan el Molí de la Sal que, evidentemente, está cerrado. Pero desde allí las vistas son fantásticas así que vale la pena llevarse una cervecita o un vino y organizar un picnic.
Atravesamos Es Pujols para ver la Torre de la Punta Prima, vigilante durante siglos ante diversas amenazas, y como necesitamos un café así nos vamos a Sant Francesc Xavier. Ante su imponente iglesia blanca, los niños juegan a fútbol y al escondite mientras los padres toman un aperitivo en el bar de la plaza o en el hotel Es Marès. No hay nada más abierto. Nuestro aperitivo llega sorprendentemente en Cala Saona, al descubrir un chiringuito abierto, ¡el único en toda la isla! Despedimos al sol y yo sigo empeñada en querer ir a Barbaria, necesito esa carretera, ver el faro que tengo en la memoria desde que ví la película “Lucia y el Sexo”. Aún hay luz y vamos hacia allí. La carretera, estrecha y frágil, destaca sobre el desierto que la rodea. Llegamos al Faro de noche, pero no importa. El espectáculo merece la pena...prefiero no dar más detalles y que vengáis a vivirlo. Cenamos en A mi manera, italian-style pero con vino de Formentera: Ophiusa, nº 0463 de 2013, primer nombre de la isla durante la época griega que significaba “isla de reptiles”.

Nuestro segundo día lo dedicamos a cruzar la isla, sus 18 kilómetros de longitud y destino al Faro de la Mola, habitado hasta hace poco. Subimos el único desnivel que tiene la isla hacia el Pilar de la Mola (192m), cruzando viñas, molinos, norias, aljibes e higueras ensanchadas.  Desde el puerto de Es Caló, con sus embarcaciones resguardadas bajo sus “escars” (varaderos), se ven los imponentes acantilados de la Mola, un lugar en el que quedarse a leer, dormir o, simplemente, hacer nada. Vamos a comer al restaurante Es Cap, en el que podemos probar algún plato típico como la ensala payesa con pescado seco en aceite, o un buen arroz caldoso.

No dudo que Formentera en verano tenga su encanto con sus mercadillos, chiringuitos y oferta turística, pero creo que en las otras estaciones del año la isla se deja querer de verdad.

sábado, 19 de diciembre de 2015

La Alquería de Jumilla: de la tierra a la mesa



Hay lugares que nos devuelven a nuestras raíces, a la tierra, y la Alquería de Jumilla en Murcia es uno de ellos. Las razones son muchas, como el paisaje, la arquitectura rural, el aislamiento o el famoso vino, la gastronomía, entre muchas otras. Pero lo que realmente te permite es algo impagable hoy en día: recoger lo que la tierra nos da y cocinarlo como antes de que llegara la tecnología.

Amanecemos con esa puesta de sol en tonos morados tan típica de la huerta murciana y Antón, que lleva toda la vida convirtiendo la tierra en manjares, nos trae manojos de acelgas y de oruga – hoy conocida por su nombre italiano, “rúcola” - recién cortados. Nos dará trabajo durante toda la mañana, de ése que ya poco ejercemos y que consiste en preparar el producto que vamos a comer. 

Con la oruga hacemos una tortilla para desayunar, muy aromática, y con el queso fresco de cabra que Carmen ha comprado al productor del pueblo, nos preparamos unas tostas con jamón al fuego del hogar, que caldea la casa desde primera hora de la mañana. Una parrilla improvisada, un buen vino y a disfrutar de ese tiempo que parece se ralentiza en los pueblos.

Se acerca la noche y ponemos en marcha ese horno de leña estilo árabe al que venía medio pueblo años atrás. Tras unas horas, sacamos una empanada de acelgas con huevo y dos panes amasados en casa. Más vino, lumbre de hogar y ganas de comer y conversar ante una noche en la que el tiempo vuelve a multiplicarse.

Al día siguiente nos acercamos al Horno de Santa Ana, el único de la Alquería, y en el que diariamente, desde hace tres generaciones, se cuecen sequillos, roscos de vino y de aguardiente, mantecados y cristóbalas de almendra y coco. Allí, Emi me explica que en Navidad viene gente de toda Murcia a comprar estas delicias. Y, tras probar varios de los roscos de la estantería, nos vamos tratando de memorizar ese olor a manos de abuela que amasa, con tiempo y cariño, esos productos de la tierra que nos devuelven a nuestras raíces.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Una mañana con los habitantes de la Ciudad Encantada de Cuenca



En las afueras de Cuenca hay un lugar mágico en el que convive todo un universo animado e inanimado. Un paisaje cinematográfico que ha enamorado a directores de cine, fotógrafos, escritores, miembros de la UNESCO y millones de seres que vienen a pasear por los restos del fondo de un mar de hace 90 millones de años.

De día predominan los humanos, en varias modalidades turísticas: familias castellanas, grupos de madrileños, abuelos del IMSERSO, extranjeros que recorren el patrimonio de la humanidad español y muchos más. Rompen el silencio los niños chinos, que suben y bajan rocas como si estuvieran en un parque temático. Esto me hace pensar en cómo las cosas sencillas son las que más se disfrutan en la infancia. Imaginar que las rocas son seres humanos, animales o personajes.
De noche, la naturaleza inanimada de las rocas se transforma en un bosque con mar, en el que comparten espacio tortugas, focas, barcos, osos, elefantes y cocodrilos, y un can que vigila en la orilla. Todo ello, rodeado de símbolos de la civilización como una plaza mayor, un convento y un puente romano. También habitan personajes de leyenda, como Viriato, un pastor lusitano que encabezó varias revueltas contra la invasión romana y que se escondió en esta ciudad rocosa, y la de los amantes de Teruel.
Durante un par de horas vale la pena pasear sin rumbo y dejar volar la imaginación como esos niños y niñas chinas que revolotean entre rocas y flores, llaman a los pájaros, imaginan que el elefante y el cocodrilo luchan, que los amantes se dan un beso, que la flota de barcos navega por el mar de piedra y que se deslizan por el mágico tobogán de los sueños.