martes, 17 de noviembre de 2015

¿A qué huele la Plaza Mayor de Madrid?

No es la primera vez que voy a la plaza Mayor de Madrid, pero sí la primera vez que me he movido por ella guiada por su olor. Y todo ha ocurrido al entrar por uno de sus arcos,  que no es el más conocido, el de la calle Botoneras. A las 10 de la mañana pensaba encontrarme con el famoso chocolate con churros o porras y me he encontrado con varios bares que preparaban bocadillos de calamares. En ese momento he pensado, “voy a seguir el rastro de los olores que me llevan a la plaza”, pues si bien ya no ejerce la función de mercado de arrabal que fue en el siglo XVI, las calles que la rodean mantienen su recuerdo y el Mercado de San Miguel ha asumido el liderazgo.
Frente a los calamares, una foto en blanco y negro. No huele pero activa mi curiosidad por su contenido y me acerco a mirarla. Ante mí, la Generación del 27, encabezada por Luis Cernuda, en su última reunión previa a la diáspora de la Guerra Civil, en el restaurante Los Galayos. En la foto hay sillas vacías y parece que Federico García Lorca, Rafael Alberti, Miguel Hernández, y los otros te estén esperando para tomar un vino y comer un “cochifrito”. Ahora sí, huelo el aroma a cocido madrileño que ya debe llevar varias horas hirviendo en el puchero de barro de las cocinas del centenario restaurante.

De repente, una breve entrada de aire seco de la sierra me recuerda que estoy en Madrid, que en la sombra hace frío y que huele a montaña. Así que cruzo el arco en busca de un poco de sol y de un buen desayuno. Entre las interminables obras y los madrugadores grupos turísticos busco otro olor que llevo en el recuerdo y que forma parte de esta plaza desde hace siglos: el barquillo y la oblea. Los barquilleros han estado aquí desde casi la construcción de la plaza, pues se trata de un producto dulce, fácil de elaborar y muy económico. Hay que tener suerte para ver uno, y yo no la tengo, pero sí que mi olfato me lleva hasta la Mantequería Bermejo, en la calle Zaragoza, donde me ofrecen Bartolillos y Mentiras de Madrid, crujientes y llenos de azúcar.

El número de turistas en dirección a la plaza comienza a multiplicarse y, por un momento, pienso que en las calles que llevan hacia ella están los verdaderos restos del mercado que fue y que su belleza sirvió para institucionalizar y alojar los gremios profesionales. De ahí que la Casa de la Panadería y la de la Carnicería gobiernen, frente a frente, la estructura de la plaza.

Así que vuelvo a acercarme a ella, para ver si consigue cautivarme, pero camino varios minutos bajo sus soportales y otro olor se me vuelve a llevar hacia un arco estrecho, oscuro y con bastante pendiente por donde baja la Escalerilla de piedra. Es el Arco de Cuchilleros y huele a historias de bandoleros y a las tapas que ahora se cocinan en las cuevas donde se escondían.

Vuelvo la vista atrás y veo de nuevo el sol que domina la plaza. Ahora sí, la empiezo a cruzar rodeando la estatua de Felipe III que no aporta nada, más allá del hecho histórico de haber sido uno de los primeros Austrias, y mis pasos vuelven a desembocar en otro callejón, que lleva el nombre del mencionado jinete, y cuyo olor me lleva a una señora que en la esquina vende palo de regaliz.

La plaza Mayor de Madrid no huele a nada, pero la vida que la rodea es un universo de sensaciones.

viernes, 6 de noviembre de 2015

D'Albertis y el mundo

En una de las colinas de Genova se encuentra un antiguo castillo reformado que fue hogar y centro de estudio de Enrico d'Albertis, uno de los grandes exploradores y viajeros italianos del finales del siglo XIX. Transformó unas ruinas en un verdadero castillo en el que ubicar todo aquello que traía de sus viajes por el mundo y disponer de espacio suficiente para construir maquetas, meridiani (relojes solares) y otras muchas cosas. Dispone, probablemente, de una de las más completas bibliotecas de viajes y países, geografía y mapas, que existen. El Castello d'Albertis es ahora sede del Museo de las Culturas del Mundo.
Navegante, escritor, etnólogo y naturalista, fue el fundador del primer Yatch Club italiano en 1879 y, a bordo del Violante y el Corsaro realizó la ruta de Colón hasta las Américas siempre guiado por instrumentos náuticos que él mismo se contruyó. 

Más tarde daría la vuelta al mundo tres veces siempre utilizando diferentes medios de transporte: barco, camello, caballo, tren, hidroavión, entre otros. De todo ello dejó mucho material fotográfico y varias obras escritas.


 El cronista Caffaro escribía sobre él:

"Il capitano d'Albertis... è una delle più belle figure di marinaio che io m'abbia conosciuto. Era vestito in tal modo, d'una giacca di pelle di foca e con la berretta di lana, una giornata di neve in cui, abbattuto dal ventoe assiderato dal freddo, mi ospitò a Monte Galletto [località in cui sorge tuttora il castello]. Grande, magro, la pelle abbronzata dalle lunghe crociere, la barba folta ed ispida, i capelli abbandonati in una simpatica noncuranza, folte le sopracciglia alla cui ombra brillano due intelligentissimi occhi."

viernes, 30 de octubre de 2015

Gastronomía Genovesa

Comer en Italia es como volver al pueblo y recordar olores y sabores de antes. La cultura de comer productos frescos, del territorio, de proximidad es algo que se debería recuperar y por eso, precisamente aquí, nació el movimiento Slow Food, muy cerquita de Genova, en Bra. 


En un fin de semana hemos podido combinar el comprar productos para cocinar en casa y comer fuera en un lugar único. Cocinar en casa, con pasta fresca comprada al momento en un pastificcio di Castelletto, es algo que hay que probar. Los domingos, colas enteras de genoveses compran pasta fresca como pollos a l'ast. Nuestra receta de pasta fresca: Agnolotti  e trofiette con salsa di noci.


Tras numerosos aperitivi llenos de tapas que los acompañan y nos dejan sin poder comer más, al día siguiente, conseguimos ir a C'era una volta, un restaurante en el que te sientes verdaderamente en casa de la abuela. Cada silla, cada mesa, cada rincón son únicos. Con un menú della tradizione preparado con calma y con productos locales, decidimos probar:


  • Piccage al sugo di funghi
  • Ravioli di carne alla Genovese al tocco
  • Stoccafisso accomodato
  • Trippe accomodate
  • Tonnato




Entre tantos amantes de la cocina genovesa encontramos un caso digno de ser citado, como es el poeta Paul Valery, en "Au hasard et au crayon" (1925):

"Cocina fragrante con pasteles gigantescos, harina de garbanzos, mezclas, sardinas al aceite, huevos duros envueltos en la pasta, tartas de espinacas, frituras"